lunes, 29 de noviembre de 2010

La confesión de un ecologista

En Almendralejo  mi padre me compró una pareja de ratas blancas de laboratorio, como mascotas sustitutas de aquel malogrado pato del mercadillo teñido de rosa que finalmente sucumbió, fatigado y ahíto del hábitat hostil que yo le imponía (era incluso perfumado con Barón Dandy). La presencia de mis ratas trajo una marcada división de sentimientos; llenó de gozo mi maltrecho ánimo tras la muerte del pato, pero también alteró la pacífica convivencia doméstica, enemistándome con la población femenina de la casa, pues ante la visión de las inofensivas  ratitas dio muestras de esos accesos histéricos de pánico innato que años después volví a encontrar en la universidad al estudiar las neurosis fóbicas. Los lugares de disfrute de mis ratas fueron siendo prohibidos sucesivamente: ya no podían retozar por el filo del aparador ni deambular escrutadoras por el cristal de la mesa camilla. Reposaban sobre mi hombro con la agazapada prudencia de un equilibrista octogenario y yo me creía uno de esos piratas de pata de palo, con el loro de vacaciones. La llegada de una camada de diez o doce desvalidos  ratoncitos es una de esas evocaciones imperecederas que todos atesoramos en algún rincón de la corteza cerebral. Sin embargo, supuso la expulsión drástica de los roedores, ya con carnet de familia numerosa, a quienes hube de buscar acomodo en el desván.
      Supongo que la libertad de aquella amplia estancia hizo aflorar en las ratas sus adormecidos genes salvajes y huidizos, pues bastaron un par de generaciones para perder su antigua mansedumbre de laboratorio. La creciente población de roedores se manifestaba a grito limpio cada vez que la doméstica iba al desván a tender la ropa. Aquello tenía que terminar, y recibí un serio ultimátum. Debería haber ya más de cien ratones, que aparecían y desaparecían como una exhalación entre los trastos y recovecos de su universo postizo, sin posibilidad alguna de captura. Descarté el matarratas por parecerme contrario a la convención de Ginebra. Y el cepo usado con sus parientes pobres de pueblo me parecía un insulto para su blanca alcurnia. Morirían en combate, y una a una. Así, la escopeta pajarera tuvo un nuevo uso insospechado. Durante varios días, en las tardes que pasé apostado y triste tras unas cajas, fueron cayendo las pobres ratas despanzurradas como en una siniestra caseta de feria. También este episodio mortífero se encuentra alojado en el oscuro almacén de mis desmanes juveniles, como un pasado nazi que ni siquiera la militancia adulta en organizaciones ecologistas ha conseguido borrar por completo.

2 comentarios :

  1. NADA ES VERDAD O MENTIRA SINO SEGUN EL COLOR DEL CRISTAL CON QUE SE MIRA
    A modo de contradicción de los sentimientos esbozados en el magnifico relato de nuestro amigo Alfonso, la experiencia vivida en el hogar dulce hogar de mi propia familia, con la sutil diferencia de que la pareja de hamster era propiedad inequivoca de mis hijos, a los que no les importaba esgrimir el baluarte de su propiedad, aunque con cierta cautela debida a su corta edad. La experiencia era sin duda encomiable por parte de sus progenitores, yo y mi esposa, ya que la vida reposada de los roedores estaba colmada de arrumacos y caricias en los bigotes entrambos, era una imagen dulce capaz de aflorar los mas dignos sentimientos en mi propia prole.
    Como inexcusablemente el tiempo pasa y el paso del tiempo causa cambios en la naturaleza, el cambio se produjo y todas las carantoñas amorosas se convirtieron en un aislamiento voluntario de la pareja. La hembra mostraba una mal disimulable adversion a la pareja de sus sueños, mientras el macho empezaba a mostrar caracteristicas mas propias de un perfecto depredador que de un dulce roedor. El preñamiento de la hembra al fín llego a su fín y aquel seminario sobre la convivencia y buenas maneras finalizó, y lo hizo de la forma mas cruel que un niño pueda ver.
    El macho con comportamientos felinos perseguia a las crias de forma tan insistente que al final daba caza a los indefensos animalitos, convirtiendose en un plisplas en suculenta comida, pese a la defensa encomiable de su madre.
    Algo de los secretos compartidos durante la etapa del amorio incondicional que ambos (macho y hembra) tuvieron en otrora debio de florecer convirtiendose los dos en autenticos canibales dando fin a la extensa progenie a la que dieron vida. Una autentica leccion de canibalismo y exterminio animal para cultura de mis hijos. No me siento responsable de ello pero mi recuerdo de ello me llena de angustia.
    Bueno, como pasa el tiempo, ese sentimiento de angustia va disminuyendo y va ocupando su lugar la angustia que me producen las noticias diarias de nuestra sociedad, que es un autentico seminario, sino de canibalismo si de comportamiento punible del ser humano, que deja de dar de comer a unos para enriquecer a otros y que esgrimen las banderas del bien para comprar la impunidad de sus actos que mayoritariamente producen asco y repudio (desgraciadamente) en una minoria de seres humanos con conciencia, normalmente marginados.

    ResponderEliminar
  2. Veo que somos bastantes los que tenemos un recuerdo agridulce de nuestras mascotas por diferentes motivos. Es cierto que existen comportamientos humanos incluso peores que los que pueden presentar loa animales; el raciocinio de los hombres no siempre es una garantía, y los comportamientos, por desgracia, muchas veces tienen componentes autenticamente animales. Un saludo.

    ResponderEliminar