miércoles, 7 de junio de 2017

Invierno demográfico y constructores de paisajes



     Los científicos sociales hablan de “invierno demográfico” para referirse al envejecimiento de la población, que ha entrado en una fase muy preocupante en muchos países europeos. Las pirámides de población llevan ya demasiados años en fase de inversión (es decir, cada vez más población anciana y menos niños y jóvenes por el descenso de la natalidad), hasta el punto de que en algunos foros ya se habla incluso de “suicidio demográfico”.
     Este es el panorama, digamos, a nivel global. Pero si descendemos a los detalles y las consecuencias del fenómeno en nuestros entornos más próximos, este envejecimiento -añadido a los flujos migratorios y a los desequilibrios económicos de las comarcas rurales- han sido la causa de la desaparición de más de 900 pueblos en España en los últimos veinte años: esto sí que es un suicidio demográfico y social en toda regla porque no solo los pueblos se quedan sin habitantes, sino que desaparecen para siempre estilos de vida, cultivos, aprovechamientos y paisajes.
     El incremento del número de hectáreas calcinadas por los incendios en los últimos tiempos no solo debe achacarse al calentamiento global. El abandono de los montes por propietarios que emigraron o sencillamente se desentendieron por falta de rentabilidad es la causa de muchos de estos desastres ecológicos, en los que se ha demostrado que no basta con potenciar los efectivos públicos para luchar contra el fuego. Con una gestión racional del territorio no harían falta tantos bomberos. Y este es el enfoque que en Extremadura quiere implantar el Proyecto Mosaico desde la Junta  y la Universidad, que resume este bello párrafo en su información: “El invierno demográfico es un grave problema de estado, que exige medidas estructurales serias, creatividad y un enfoque cultural que recupere grandes necesidades humanas olvidadas o disminuidas; la importancia del pastoreo, las cualidades de la vida campestre, la virtud del esfuerzo, las estéticas de lo fértil y la bendición de los hijos, el sentido de aprecio por la tierra y por el trabajo que se hereda y se dona a las siguientes generaciones”.
      Ese enfoque cultural  ha estado ausente hasta la fecha. Yo estoy convencido de que la sociedad es muy receptiva a la recuperación del medio rural, pero no han existido tradicionalmente herramientas ni ayudas para ello, y todo ha quedado al albur de la iniciativa particular de algún alcalde capacitado para mover a la participación ciudadana (como es el caso, por ejemplo, de la pequeña localidad cacereña de Pescueza). Que exista un entramado social dirigido por expertos que estimule, asesore y afiance iniciativas viables es una bendición. Que se disponga de personal que lleve a cabo sesiones informativas sirviendo de puente con las instituciones, que elimine la burocracia y gestione redes de trabajo con delegaciones comarcales era algo impensable. Han aparecido ya interesantes proyectos en las comarcas de Gata-Hurdes para “construir paisajes” y fijar población al medio rural: el proyecto “vivir en Acebo” está recibiendo propuestas desde decenas de países. Por ahí es por donde se debe caminar. Menos pasividad subsidiada y más emprendimiento como una ansiada esperanza para nuestros pueblos.

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