jueves, 11 de febrero de 2016

Crear en madurez





     Voy a darme prisa en escribir alguna novela antes de jubilarme, ahora les diré por qué. A los 65 años un peón de albañil ya debe andar con mucha precaución para subirse a un andamio. No digamos otras profesiones donde el esfuerzo físico y las condiciones de trabajo incluso impiden llegar en activo a esa edad, como los mineros. Por el contrario, en ocupaciones intelectuales se está en plena madurez creativa y en muchos casos las mejores obrar escritas, musicales o artísticas están todavía por llegar...
…Si lo permite la Seguridad Social. La reforma de las pensiones estipuló hace un par de años que es incompatible ser pensionista con ser creador cuando los ingresos por esta actividad superen el salario mínimo; en caso contrario, uno debe renunciar a su pensión. ¿Qué están haciendo los escritores y artistas en esta situación? Pues sencillamente dejar de crear: la pensión (muy frecuentemente en torno a 800 euros) es segura, mientras que la publicación de un libro o la venta de cuadros solo a unos cuantos garantiza un sustento estable en el tiempo. Otros intentan repartir las ganancias de una novela en tres  años para no pasarse, e incluso los hay que deciden cobrar en botellas de vino. Si la cultura y la ciencia en España ya estaban hechas unos zorros con una investigación mendicante y  lo del IVA cultural, calibremos este fenómeno. Por miedo a perder su pensión ya hay autores que renuncian a escribir o a dar conferencias, a pesar de encontrarse en plenitud intelectual. Curiosamente, con esta medida, las arcas de Hacienda verán mermados los ingresos de esos extinguidos derechos de autor, con lo cual se comprende menos este verdadero atentado a la cultura.


   La creación es algo consustancial con las cualidades humanas, y es inconcebible que la fecha de nacimiento coarte las ansias de seguir vivo, disfrutando y compartiendo la creatividad y las emociones con nuestros congéneres. Salvo que se haga gratis, claro. Intentar salvar el déficit ante Bruselas con un afán recaudatorio que se plasma en el acoso a septuagenarios a los que se priva de su pensión, que contribuyen a engrandecer el acervo cultural del país, es una mezquindad solo explicable por el perfil bajísimo de los dirigentes de los ministerios de Hacienda, Cultura y Empleo, máxime cuando acaudalados pensionistas de otros sectores sí pueden seguir percibiendo sus beneficios empresariales y dividendos sin límite desde su sillón de orejas. Esto no pasa en otros sitios: Spain is different.

    Abraham Maslow, el autor de “El hombre autorrealizado” decía que en realidad, las personas autorrealizadas, las que han llegado a un alto nivel de madurez y autosatisfacción, tienen tanto que enseñarnos que, a veces, casi parecen pertenecer a una especie diferente de seres humanos. Si este gran psicólogo humanista viviera en la España de hoy, conocería  una mutación genética en forma de una  huidiza especie de humanos que esconde su talento y nos priva del esplendor de su entendimiento en respuesta a estímulos amenazantes del medio ambiente.

viernes, 5 de febrero de 2016

Café huérfano






    Si estoy solo, no puedo tomar un café sin leer el periódico. Eso de dar vueltas y vueltas lentamente con la cucharilla -aunque el azúcar esté totalmente disuelto- como algo que ocurre al margen, con la mirada puesta en los titulares de la primera página es un ritual indisociable, y no tendría sentido una acción sin la otra. Los primeros y cortos sorbos (porque me gusta que esté muy caliente, así el café dura más y es más “leído”) coinciden con esa inicial prospección globalizadora donde ya se van haciendo selecciones hoja a hoja, pues mi lectura es de ida y vuelta, como quien afronta un tema de estudio en un ámbito académico. Los churros ya son el complemento perfecto de la lectura reposada y placentera del contenido más sustancioso, como un premio que  concedo al paladar al mismo tiempo que saboreo la información.


     Era jueves. Aquella mañana entré en la cafetería, y antes de pedir el café mis ojos ya estaban prestos y avizores a la búsqueda de un periódico: no había ninguno en aquella recóndita esquina de la barra donde suelen reposar, manoseados y descolocados, incluso con gotas de café y manchas de mantequilla, como máculas vejatorias que denotan lecturas precipitadas y chapuceras. Eché un vistazo a las mesas. En una de ellas había un señor ya entrado en años que leía el diario parsimoniosamente, hasta los anuncios por palabras, moviendo los labios en secreta letanía. Descartado; los jubilados a veces cambian el parque por la cafetería, con la misma vocación de tediosa eternidad. Y en el otro córner un caballero de mediana edad con chaqueta y corbata leía el HOY mientras sorbía el café en una liturgia parecida a la mía. Pasaba las hojas con rapidez. Bien.
Contemplé un instante la contraportada del As, sin rastro de celulitis, y pedí un café, de momento huérfano, mientras dirigía subrepticias miradas a aquel individuo, pues he comprobado que a veces esa impúdica insistencia hace desistir al oponente de lecturas reposadas. Él también reparó en mi presencia y, al pasar una hoja, noté que su mirada no era vacía ni distraída, sino más bien escrutadora, como si examinara mis rasgos faciales. Desplazaba la vista hacia el periódico y volvía a levantarla dirigiéndola a mí, sin recato. Calculé la página que leía: muy posiblemente era la sección de opinión. “Ya está” –pensé- “me ha reconocido”. Maquinalmente me froté y ladeé la cara como queriendo esconder aquella evidencia incómoda, como ese protagonista de cine acusado de asesinato que sale en las portadas. Por el rabillo del ojo vi como seguía enfrascado en la lectura ¡estaba leyendo mi columna!
En un momento dado concluyó ostentosamente, cerró el periódico y colocó sus hojas; y a él me dirigí, sonriente, tal vez me haría un benévolo comentario mientras me entregaba el HOY. Pero el tío dobló ahora las últimas hojas, sacó un bolígrafo ¡y se dispuso a hacer el crucigrama! Aquello era una venganza. Y supe que no le gustó mi artículo.

jueves, 28 de enero de 2016

Acoso escolar



     
  Es de esperar que en nuestros respectivos ámbitos de pareja exista una armonía aceptable y veamos como algo ajeno y extremo  esa dinámica de violencia de género que desemboca en un crimen; pero debe hacernos pensar seriamente la espeluznante figura del suicidio de un niño, porque por el colegio hemos pasado todos y seguro que recordamos haber visto –incluso experimentado- situaciones de vejación, hostigamiento o violencia manifiesta sobre algún compañero o compañera, que invariablemente era tachada en los ámbitos de los adultos como “cosas de críos”. Quizá el caso más leve sea la clásica pelea aislada, pasando desapercibidos otros contextos más duraderos y peligrosos que conducen a la víctima al aislamiento social, a la anulación emocional y a la tortura psicológica que supone enfrentarse diariamente al entorno nocivo: aquí es donde se fraguan los casos más graves de ideas de evasión  que puede desembocar en el suicidio.

   ¿Qué es lo que falla para que esto suceda? A mi modo de ver, siendo este tipo de acoso algo que perdura en el tiempo y que tiene lugar en el ámbito escolar, los maestros y profesores deberían saber discernir cuándo se está ante algo distinto a una mera trifulca juvenil (aunque no medie denuncia), pero lo normal es que en la formación recibida para la docencia no se contemple un adiestramiento específico en cuestiones de intermediación en situaciones conflictivas y no se conozcan  protocolos de actuación. Existen además batallas casi perdidas cuando nos enfrentamos a factores socioculturales, como la educación autoritaria que los jóvenes reciben en casa y las influencias de los medios de comunicación (escasamente autorregulados en contenidos y horarios).
Y a esto podríamos añadir todavía algo más: si le compramos a un niño un teléfono  móvil por su primera comunión y no ejercemos un control sobre su uso y participación en redes sociales, estaremos brindando la oportunidad de que el acoso trascienda de las paredes del colegio y se convierta en ciberacoso permanente dentro y fuera de la escuela.

     Es un hecho incuestionable que la prevalencia de casos graves de bullying ha aumentado desde que están más potenciados los modelos violentos (programas de TV, videojuegos…). Hace una generación esto se limitaba casi a los tebeos del Capitán Trueno, y tampoco había más posibilidad de mortificar y aislar socialmente a la víctima, al no existir redes sociales o grupos de WhatsApp. Pensemos en esto. Nunca se puede justificar la muerte de un joven como daño colateral del avance tecnológico.


     Para la sociedad, no hay mayor muestra de fracaso que conocer el contenido de una carta donde un niño se despide antes de suicidarse. Esto es algo absolutamente grotesco porque  siempre se pudo evitar algo tan terrible actuando a tiempo. Para la violencia de género se está llegando a altas cotas de sensibilización que indudablemente ayudan a la prevención de casos graves (lamentablemente demasiado frecuentes). Esto falta todavía cuando hablamos de acoso escolar, y se dista mucho de abandonar la simplista y desentendida cantinela de “cosas de críos”.

jueves, 14 de enero de 2016

Consultas colectivas



     En cierto hospital valenciano han descubierto que se agilizan exponencialmente las listas de espera citando a los pacientes de algunas especialidades en grupos, en lugar de individualmente, donde además se pide el consentimiento informado. La pérdida de la individualidad está llegando a la sanidad, con “charlas”  en las que ya todos los pacientes somos iguales y no parecen tener mayor relevancia los niveles de riesgo, tratamientos diferenciados, patologías anteriores, edad o impresiones y dudas que solo podrían ser solventadas confidencialmente en una consulta individual con el especialista.  
Pertenezco a una generación que todavía alcanzó a practicar “ejercicios espirituales” y recuerdo que ya en esos estadios aperturistas postconciliares se generalizaron las “confesiones colectivas” que evitaban al cura el tedio de recibir en el confesionario uno a uno a todos los ejercitantes; es como si el concepto de pecado hubiera sucumbido también ante el empuje de la masa que nos igualaba ya en una especie de rasero uniforme convirtiéndonos en una suerte de pecador-tipo que no merecía siquiera el distingo de la penitencia.
     Como vemos, el interés en interactuar con las colectividades en lugar de hacerlo con los individuos es algo antiguo e imparable que ya está llegando a donde no debía. Esta propensión se ha manifestado claramente en el mundo de la economía –y no digamos de la moda- donde hace tiempo que se pasó de satisfacer  necesidades de compradores unitarios a crear tendencias artificiales a las que indefectiblemente se adhieren las masas de consumidores sin rechistar, hasta el punto de que es considerado socialmente un bicho raro quien no sigue a pies juntillas los parámetros de este consumismo dirigido. No somos ya personas, somos “segmentos” del mercado con unos gustos y necesidades uniformes donde no tiene ninguna trascendencia lo individual, lo distinto o irrepetible. Y claro, la ciencia ha venido en apoyo de todo esto: la Psicología, que surgió precisamente centrada en las diferencias individuales, se fortaleció más tarde en su vertiente colectiva para estudiar los comportamientos grupales y ver por qué los individuos se contagian de la conducta de la masa sin cuestionarse nada.
Ante esta evidencia, ciertos pensadores –no solo Freud en su “Psicología de las masas”- fueron vaticinando un proceso de uniformización social que convertiría la cultura en algo mediocre, como Nietzsche; y no digamos Ortega y Gasset con su desolador perfil del hombre-masa anónimo, carente de autoestima, conformista, pasivo y sin criterio intelectual. Comprobamos con resignación que la sociedad solo nos trata individualmente cuando nos perjudica, como en las multas y sanciones, o en esos despidos bis a bis saltándose el convenio colectivo que nos ampara.
Y somos conscientes de que perdemos la esencia de la individualidad engullidos por el grupo con este afán universalizado de pretender que seamos todos iguales. Por eso valoramos tanto que se nos trate personalmente, no solo en una consulta médica, porque añoramos el encanto perdido de la individualidad y anhelamos escapar de esa tarifa plana borreguil que pretenden aplicarnos. Por eso aprecio un montón a los bichos raros.