miércoles, 21 de septiembre de 2016

Universidad y fiesta



   Asistimos al inicio del curso universitario, donde no abundan -que se sepa-  las aperturas doctas en las aulas magnas de nuestros campus para glosar idearios y transmitir valores. Sí son visibles, por el contrario, filas de jóvenes con maceta de calimocho en mano intentando tomar las plazas para el botellón inaugural. Llama la atención que ante la resistencia de las autoridades a estas prácticas en cumplimiento de la ley, los universitarios protesten diciendo que “se están cargando la vida universitaria” y “se está perdiendo la esencia de la fiesta”, como si la vida universitaria consistiera solo en la fiesta y la esencia  en ingerir alcohol.

     No pretendo ser injusto. El comienzo de esta nueva etapa en la vida estudiantil conlleva unos protocolos iniciáticos presentes desde los tiempos de Quevedo; es comprensible que la juventud se desinhiba. La cuestión puede estar en los límites, porque después vendrá el botellón de navidad, el  de primavera, la fiesta de las distintas facultades, la de la cerveza, los cumpleaños en los pisos, la feria… Ya cabría preguntarse en qué lugar queda la cuestión académica y si esta es la tónica de la Universidad como concepto global; los estudiantes extranjeros acogidos al programa Erasmus  manifiestan que “los españoles siempre están de fiesta”, lo cual supone un elemento diferenciador emanado de iguales y por tanto con indudable enfoque objetivo.

     Sería peligroso identificar esta promiscuidad festiva con la eficacia de nuestras universidades, pero ahí está el dato: solo tres campus españoles (Barcelona, Autónoma de Madrid y Granada)  están entre los 300 primeros del mundo, atendiendo a distintos criterios de calidad formativa. Y en cuanto a las universidades españolas, según el proyecto U-Ranking de la Fundación BBVA, la Uex ocupa un discreto puesto 50 de 61 universidades. Igualmente sería comprometido concluir que este gris escenario universitario es fiel reflejo de la sociedad en la que se incardina, pues ninguno saldríamos bien parados. Le echaremos la culpa a la cortedad presupuestaria.

     La Uex dispone de un Secretariado de Actividades Culturales cuyo cometido, entre otras cosas, es fomentar la participación de la comunidad universitaria extremeña en la vida cultural de la región. Pero lo cierto es  que, salvo excepciones a nivel institucional, los universitarios suelen ser inéditos en foros, mesas redondas y actividades culturales fuera de las aulas. Y ocasionalmente la asistencia a los cursos y seminarios de la propia universidad son un mero trámite para la obtención de créditos.    La Universidad como médula del saber y paradigma de la cultura parece estar en franco repliegue.
El desempleo y las difíciles expectativas laborales, aun con formación, inciden en la desmotivación ante horizontes confusos. La profusión de fiestas sería entonces el contrapunto placentero e inmediato de ese futuro incierto y brumoso. José Luis Sampedro, nada sospechoso de estar enfrentado ideológicamente con los jóvenes decía que “la universidad con salsa boloñesa, es la muerte de la universidad. La universidad era un templo de sabiduría, ahora mandan los financieros y lo que se enseña es saber hacer cosas, pero no saber cómo son las cosas”. El matiz es definitivo.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Pirómanos e incendiarios



     A las puertas del otoño y antes de nada, como muchos paisanos extremeños debo mostrar mi reconocimiento a la encomiable labor desarrollada durante el verano por todos los integrantes de los equipos de extinción de incendios forestales integrados en el Plan Infoex, desde los altos mandos al último agente. Y un deseo: que este ímprobo esfuerzo, que solo conocen ellos mismos y quienes han visto de cerca su actuación por haber sentido las llamas muy cerca de sus pueblos y propiedades, quede fuera del reproche político, siempre sucio, interesado y partidista; hay fórmulas más nobles de hacer oposición y si existen ocasiones en las que es necesario unir fuerzas, esta es una de ellas porque la emergencia no debe tener colores.

   Algo sobre la nomenclatura de los causantes. En el lenguaje informativo, que en ocasiones adquiere la categoría de jerga, se usa impropiamente el calificativo de pirómano para todo aquel que prende fuego a algo. El pirómano realmente es un pobre diablo, trastornado mental tipificado por la psiquiatría, que no calibra el alcance de su acción y que como el esquizofrénico vive en una realidad deformada. Se calcula que menos de un 1% de los incendios forestales provocados son debidos a personas con este trastorno. ¿Quién quema el monte? Puede que existan descuidos y negligencias, claro que sí, pero está la figura del incendiario, ese delincuente sin escrúpulos que actúa no por un impulso enfermizo, sino planificada y premeditadamente, consciente del daño que causa, bien para obtener un beneficio o por el afán de perjudicar intereses. Esto último lo consigue siempre, aunque solo sea en el esfuerzo de apagar el incendio provocado: cien mil euros de media por hora de trabajo y poner en riesgo muchas vidas.

     Se trata de unos criminales que se benefician de una incomprensible laxitud del Código Penal en comparación con el daño causado. Y la falta de ejemplaridad contribuye a perpetuar el problema. Este verano hemos asistido a la devastación de parte del parque natural de Garganta de los Infiernos, y otras áreas de alto valor ecológico como, de nuevo, Sierra de Gata. Les invito a leer los comentarios en redes sociales sobre los causantes de estos fuegos y la pena que merecerían: hay una extraña coincidencia en que salieran más que chamuscadas sus partes pudendas. Hay personas que van a la cárcel porque robaron una bicicleta cinco años atrás o por usar una tarjeta ajena para comprar pañales. No digo más.

     La prevención de los incendios debe ir mucho más allá de la temporada pre-estival. La educación debe contemplar urgentemente la concienciación ante esta lacra, de igual forma que se hizo, por ejemplo, con la educación vial. Está bien ir con los alumnos a visitar el teatro romano de Mérida, pero ¿cuántos maestros van con sus alumnos a un bosque quemado? Solo allí puede sentirse en toda su dimensión la congoja de la devastación, la falta de vida y la soledad silenciosa de algo exterminado, sensaciones que los niños no  olvidan.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Perseverar



       La victoria pertenece siempre al más perseverante, decía Napoleón Bonaparte. Mariano Rajoy, tras su segundo fracaso en su investidura para formar gobierno viene manifestando reiteradamente cuando se le inquiere ¿y ahora qué?: “pues ahora toca perseverar en el intento”. Puede que mantenerse firme y constante pueda ser identificado con la  perseverancia, pero las cosas no son tan simples. Cuando esa perseverancia se va convirtiendo en tozudez, cuando no se cambia ninguna premisa del argumentario ni se deja espacio para un atisbo de que las cosas se pueden hacer de otra manera, se está más cerca de la obstinación, y eso ya deja de ser virtud.
La perseverancia en un acuerdo implica otras cosas. Si parecía que Albert Rivera había conseguido modificar –a regañadientes- algunas actuaciones del PP, todo ha vuelto a su ser con la designación del ex ministro Soria para el Banco Mundial (finalmente fallida por el clamor dentro y fuera del PP), como ese zapato que vuelve a hacer daño cuando se le retira la horma. Esto también es perseverancia en el error. Nadie puede negar que ha sido precisamente Rivera el que más se ha movido para llegar a acuerdos con fuerzas antagónicas con el menor menoscabo posible de sus principios. Pero esta falta de perseverancia al no alinearse con una opción inamovible y buscar puntos de encuentro, poco frecuente en el panorama político al uso,  en España tiene un  nombre y un estigma: ser tachado de chaquetero.


   Pedro Sánchez también persevera, en  su “no” rotundo. En este caso su liderazgo aparece más comprometido que el de Rajoy, tiene que mirar a más sitios dentro del partido; pero las principales ataduras que sufre le impelen a seguir impertérrito en su negativa si el escenario es el mismo en el que persevera Rajoy. Con 170 escaños atados en el pacto PP-Ciudadanos, finalmente hubo 85 “guapos” que impidieron que ese gobierno saliera a flote. Perseverancia. Los nuevos partidos perseveran en su veto recíproco si tanto Podemos como Ciudadanos osan formar parte de una alternativa diferente (o incluso en la misma). Los partidos soberanistas hacen de su perseverancia en la celebración de un referéndum para la secesión su principal razón de ser, lo cual impide también que (como sucedió en muchas legislaturas de la democracia)  puedan favorecer con su concurso el advenimiento de alguna alternativa viable que pueda alcanzar votos suficientes en el Congreso.


   Nos estamos cansando de tanta perseverancia, ya despojada por completo de sus atributos virtuosos y convertida en simple empecinamiento. Con este panorama las virtudes se convierten en vicios y las expresiones sublimes se vacían de contenido: sentido de estado, altura de miras…, porque las buenas intenciones sucumben ante la terquedad y la intransigencia. ¿Cuál va a ser el final de todo esto? Me da la impresión de que esta variedad perniciosa de perseverancia se empezará a resquebrajar desde dentro de los partidos, donde ya hay voces difíciles de acallar. Las posturas maximalistas y monolíticas emanadas de la rigidez de los comités federales deben dejar paso a debates más ágiles y realistas, y rescatar sin estúpidos reparos aquella bella postura de la Transición, hoy tan arrinconada: ceder con dignidad. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

El mapa del tren



  ¿Se acuerdan cuando en bachillerato estudiábamos las antiguas culturas de Mesopotamia y Persia? Recuerdo un mapa en el libro de Historia de aquel área geográfica que se llamaba por su forma “creciente fértil”; allí se inició la revolución neolítica y florecieron prósperas culturas beneficiadas por la influencia del Nilo, Jordán, Tigris y Éufrates. Con esta mirada nostálgica a nuestra época colegial les propongo ahora unos sencillos deberes: tomen un mapa de España y sitúen la punta del compás en Valencia de Alcántara. Dibujen una media luna con una abertura aproximada de 300 kilómetros y verán cómo la línea trazada pasa casi exactamente por las ciudades de Salamanca, Ávila, Toledo, Ciudad Real, Córdoba y Sevilla.
¿Cómo deberíamos llamar a esa elipse así conseguida? Más que creciente fértil deberíamos hablar de menguante estéril, porque esa línea marca con extraña precisión el límite de la alta velocidad, más allá de la cual, como en aquellas cartografías medievales que no se aventuraban en territorios inexplorados, solo podemos hablar de abandono y aridez tecnológica, todavía con algunas vías férreas que datan de finales del siglo XIX. Esa línea delimita un auténtico y propio Lejano Oeste, un Far West surcado por comunicaciones obsoletas y lentas, incapaces de contribuir al progreso ni de generar tejidos proclives al establecimiento de iniciativas industriales.
Y sin motores de desarrollo en un mundo donde prima la celeridad y la inmediatez somos como avionetas viejas que planean en la inercia atávica y heredada de solo naturaleza y patrimonio para ofrecer al exterior, con sus obvios límites.
 

    Sí. En el mapa de la alta velocidad española se visualizan con claridad meridiana las primacías y las postergaciones, los privilegios y los agravios, las ventajas y los menoscabos, como si Extremadura estuviera condenada de por vida a ostentar esa hiriente ultimidad ya casi improntada en nuestra idiosincrasia. Y para la perpetuación de esta maldita filogénesis no ha valido la eliminación de la anterior estructura política, porque seguimos dependiendo de decisiones gubernamentales y por tanto centralistas. Los recursos autonómicos no llegan para estas infraestructuras que además dependen de planes nacionales e internacionales en los que desde aquí es quimérico influir. Ni siquiera con el mismo partido gobernando en Mérida y Madrid, cuando ha sucedido, hemos avanzado gran cosa. Leo lo que llevo escrito y, sin pretenderlo, me recuerda al discurso del ilustrado Juan Meléndez Valdés en la apertura de la Audiencia de Extremadura en 1791, o los artículos de los regenaracionistas extremeños de finales del XIX sobre la realidad de nuestra tierra.


 Hemos tenido presidentes lenguaraces y cojoneros, enfrentados decididamemente al subdesarrollo; versos sueltos o barones de colorido disonante con su estirpe. O presidentes dialogantes y afables en busca pacífica de consensos y racionalidades, pero nada. Ni buenismo ni malismo parecen ser eficaces para hacer olvidar a los que mandan que en toda clasificación alguien debe ocupar posiciones de descenso y que las deficientes infraestructuras tienen que hacer juego con los salarios más bajos.  Nuestro horizonte seguirá siendo inmortalmente la promesa incumplida.