miércoles, 13 de diciembre de 2017

Las flatulencias de Rull y el mito de la caverna



Al exconseller de Presidencia Josep Rull la comida de la prisión le ha hecho sufrir mucho. Ciertamente debe ser un suplicio no poder elegir menú de restaurante de cuatro tenedores. Los cocidos “de aquellos intensos” al pobre le producían flatulencias. Según ha contado  era frustrante no poder comer con cubiertos metálicos ni tener una copa de vino acompañando el bocado. Igualmente fue terrible tener que quitarse el anillo de casado y escuchar el himno nacional en los móviles de los guardias civiles; en resumen, sus 32 días de cárcel han sido “una experiencia espeluznante”, donde cita hasta las misas en castellano que le resultaban “muy raras”.
   Admitiendo que la privación de libertad no debe ser agradable para nadie, a muchos nos parece que los comentarios apocalípticos de este flojeras separatista ante un cautiverio light en la mejor prisión del Estado no son más que una reacción infantiloide de quien ha llevado hasta ahora una vida refinada y señorial, de chóferes y hoteles, de privilegios y servidumbre, queriendo aparecer como el prisionero de guerra que presume ante sus acólitos de haber escapado de las garras del enemigo. Lo que han “sufrido” los políticos liberados –que en su día deberán ser juzgados por sus delitos, no lo olvidemos- no es más que un baño de realidad: han visto en versión de prueba lo que sucede al saltarse olímpicamente el ordenamiento jurídico con absoluto desprecio del respeto a la norma.
   Pero a pesar de la evidencia que han experimentado en sus carnes estos políticos durante un mes, y como relataba Platón en su famosa alegoría contenida en La República, es más fuerte la tendencia a creerse su propia mentira y, curiosamente, al salir de prisión han vuelto de nuevo a la caverna que consideran su existencia real al amparo de sus ilusiones y deformadas imágenes. Otro dato revelador de lo que argumento: el señor Rull y el resto de exconsellers se “hundían” en Estremera al leer la prensa española y solo encontraban alivio con los diarios El Punt Avui y Ara; es decir, se sentían a salvo con las sombras de la caverna con las que se han identificado hasta desmentir cualquier atisbo de realidad distinta. Con esta irrefrenable tendencia a la autoafirmación juegan los medios de comunicación soberanistas -en especial TV3- y otras asociaciones “culturales”, cuyos dirigentes saborean en estos momentos los menús flatulentos de Soto del Real.
El 21D lo que se dilucida en definitiva es saber cuántos ciudadanos están dispuestos a salir de la caverna y comprobar que existe una realidad diferente a las sombras fantasmagóricas que hasta ahora han considerado su particular existencia, esa proyección de posverdades en la pantalla confusa de sus emociones disfrazadas de patria que tan hábilmente han maquinado los arquitectos del secesionismo. Comprobaremos hasta qué punto esas sombras del “procés” siguen constituyendo el mundo irrenunciable de un sector importante del electorado enfrentado a cualquier raciocinio proveniente del exterior que contravenga sus inercias.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Puño y letra



     Como en la canción que interpretaba Raphael, a veces llegan cartas como la que había ayer en el buzón cuando llegué a casa. Me refiero al buzón de verdad,  cuya dieta cambió hace tiempo, pues se alimenta casi exclusivamente de propagandas, ofertas de supermercados y demás correspondencia basura depositada por esos carteros espurios repartidores de spam en papel. La misiva en cuestión estaba rezagada y escondida entre el resto de papelorios bancarios -esa plebe agobiante y fútil de la correspondencia- como si no quisiera revivir un protagonismo añejo, perdido hace tiempo en los recovecos marginales del progreso;  pero era una carta-carta (ahora recuerdo que mi padre llamaba cura-cura a los clérigos que llevaban sotana). Porque este mensaje del que les hablo también rebosaba una autenticidad perdida, tenía sello y todo, presentando las señas escritas a mano con ampulosa caligrafía y también su remite correspondiente, como mandan los buenos cánones de la comunicación epistolar. Su autor, que conocí hace lustros, me hacía partícipe de benévolas reflexiones que le suscitó uno de mis artículos y  prefirió utilizar este ya arcaico medio de comunicación que se me antoja algo así como una artesanía intencional del afecto, que implica  una proximidad buscada que es de agradecer, porque también podía haber echado mano del socorrido wasap o del universal pero impersonal Messenger; incluso Facebook, donde  ya he recibido algún que otro topetazo dialéctico “por privado” Ahora pienso que posiblemente el afable remitente conocería mis lejanos orígenes laborales como funcionario de Correos y quiso suscitar en mi ánimo entrañables añoranzas. Descifrar una caligrafía manual tiene ese encanto viajero que nos sitúa en el escritorio de nuestro interlocutor, a quien yo imagino pensativo y afanado en transmitirme sus impresiones en unas modestas cuartillas completadas con pausas y relecturas.
     Esta carta me ha llevado a recordar aquella época no tan lejana, anterior al teléfono móvil y al e-mail, época que tanto cuesta concebir a nuestros hijos o nietos, no solo ajenos a la escritura a mano sino también a Olivettis y papel carbón. Hasta entonces se recibían cartas-cartas y llamadas desde cabinas. La letra facunda y adornada del abuelo, dibujada con esa lentitud gozosa de quien nunca ha precisado tomar apuntes, parecía traer vagos efluvios con aroma a humo de dehesa. Aquellos entrañables formulismos: “espero que al recibo de esta os encontréis bien, por aquí todos buenos (G.A.D.)”, “vuestro padre y abuelo que mucho os quiere…”, tenían algo de propósito reverente, como de instancia a la superioridad, a la que solo parecía faltar la póliza de tres pesetas. ¿Y qué me dicen de las cartas de la novia o del novio? En mi caso podía advertir en el exilio africano de la mili, al abrir ávidamente una de ellas, el perfume evocador de mi querida, que había viajado incólume sin merma de su poder excitante por muchas sacas de Correos, estaciones de ferrocarril y bodegas de ferrys que se hubieran interpuesto.
   La recepción de esta carta me ha hecho tomar una decisión: volver a enviar felicitaciones navideñas por correo-correo; voy a abandonar por este año los emoticonos y  los archivos con renos móviles. Intentaré que mis destinatarios evoquen villancicos de vinilo y el sabor del mazapán en mis sinceros deseos de puño y letra.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Acerca de la felicidad



   “Antes que ser infeliz prefiero ser sordociego”. Esta no es una sentencia propia de esas recopilaciones de máximas orientales; tampoco está sacada de un algún compendio de pensamientos de Paulo Coelho, ese escritor a quien se atribuyen falsamente en las redes sociales decenas de sensibleros párrafos para “reflexionar”. No. Lo pudimos escuchar en directo con arrasadora sinceridad  cientos de extremeños la semana pasada de boca de otro joven paisano, Javier García Pajares, al ser galardonado con uno de los premios “Extremeños de HOY” que otorga anualmente  este diario.
   Y desde entonces vengo dándole vueltas a este concepto tan universal y controvertido a la vez de la felicidad y a las causas que cotidianamente atribuimos a su ausencia. Somos infelices porque se chafa meteorológicamente un fin de semana propicio para una escapada; hay lunes que se asiste al centro de trabajo completamente infeliz porque se ha hundido la bolsa dejando nuestras inversiones suspirando, cuando nos deja una novia o novio… Se podría concluir entonces que la infelicidad surge cuando se pierde o tambalean status y cosas sobre las que teníamos expectativas positivas; es decir, que de no tener novia, intención de salir de finde o fortuna en la bolsa existirían menos posibilidades de sufrir fracasos que mermen nuestra felicidad.
    No existe en el mundo un concepto tan relativo como este. No hay más que ver la cara encendida de un niño del tercer mundo al recibir un cachivache, cuando lo más posible es que no tenga cubiertas las mínimas condiciones alimenticias y sanitarias. Concluyendo,  no se es más feliz por conquistar más posesiones. Ser feliz es autorrealizarse –como teorizaba Abraham Maslow con su pirámide motivacional-, poder alcanzar las metas propias de un ser humano aun sin ver ni oír, como en el caso de Javier. Lo que ocurre es que esta convicción está muy alejada de la extendida filosofía marxista (¡pero de Groucho Marx!) que dice que la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna… Cuando lo cierto es que la felicidad humana generalmente se logra con  esas pequeñas cosas de verdad que ocurren todos los días en lugar de con grandes golpes de suerte, que acaecen pocas veces.
   Gestionar nuestro día a día enfocándolo a la consecución de metas deseadas (como alcanzar una beca Erasmus siendo sordociego) puede estar en la base de esa búsqueda universal. Algunos psicólogos incluso han tratado de caracterizar el grado de felicidad mediante diversos tests, llegando a definirla como una medida de bienestar subjetivo (autopercibido) que influye en las actitudes y el comportamiento de los individuos. Las personas que tienen un alto grado de felicidad muestran generalmente un enfoque positivo del medio y se sienten motivadas para conquistar nuevas metas. La motivación de logro no se pierde por tener grandes carencias sensoriales o de otro tipo. Creo que quienes nos emocionamos el pasado jueves con la intervención de Javier hemos aprendido quizá que ser feliz no es fingir que lo somos ante los demás, como muchas veces se hace. Javier García Pajares nos ofrece con humildad una poderosa enseñanza llena de verdad, coincidente con Jean Paul Sartre: la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Ecos extremeños



Todavía resuenan en la Plaza de España madrileña las voces reivindicativas extremeñas, unísonas y sin fisuras, esos ecos infrecuentes que no transcendían al exterior desde los tiempos de Valdecaballeros –y aun entonces las voces de protesta no fueron unánimes, como tampoco lo fueron cuando aquello de la refinería-; porque el extremeño es paciente y sufrido, escasamente propenso a tomar la calle con una bandera, y cuando eso sucede debe tratarse de la respuesta a un agravio insostenible. Esa línea discontinua que delimita en el mapa extremeño los términos provinciales y comarcales se torna imperceptible hasta desaparecer cuando el ultraje continuado que hace hervir a toda una región transciende adoptando resonancias globales. Nosotros no tomamos las plazas para reivindicar una ruptura, como hace ese “hermano mayor egoísta a quien se dirigen ahora todas las miradas”, en palabras de Jesús Sánchez Adalid. Al contrario: nosotros queremos más integración a través de unas vías de comunicación dignas y propias de los tiempos actuales. Y por eso es tan importante que en los ecos del 18N se mantengan íntegras e implícitas todas las energías que nos hagan fuertes como pueblo, pues es claro que no solo necesitamos un tren digno.
   He releído el párrafo anterior. Parece sacado del texto de algún regeneracionista de finales del XIX, de aquellos que plasmaban sus anhelos en la Revista de Extremadura, cuando Carolina Coronado ejercía su madurez poética y se culminaba el plan de ferrocarriles de Sagasta. O del discurso de Meléndez Valdés en la inauguración de la Real Audiencia extremeña en 1.791. ¿Es que siempre vamos a estar igual?
   Pero lo cierto es que doscientos años después Extremadura sigue necesitando perentoriamente proyectarse al exterior, al resto de España y a Europa reafirmando una transformación integral de la región en la que han estado involucradas muchas generaciones de extremeños, y ya es hora de ver algún resultado. Si las cosas se hacen con verdadera convicción y existe respuesta a nuestras justas demandas, estamos en buena situación para congraciarnos con nuestro propio designio –es lo mínimo que cabe esperar del estado autonómico-, ese que tantas veces nos fue esquivo y que se perdió anodinamente entre los recovecos de la intrahistoria. Esta debe ser una lucha diaria donde no hay que dejar nada al albedrío caprichoso de la suerte, que tradicionalmente fue adversa a los extremeños. En esta convicción colectiva deben unirse aquellos dos conceptos integradores de un proyecto común de los que hablaba Unamuno: el paisaje, encarnado por todos los legados naturales, culturales e históricos que atesora Extremadura, pero también el paisanaje, ya afortunadamente libre de aquella sombra estéril y trasnochada de localismos que tanto daño nos hicieron.
   El 18N debe simbolizar una cita permanente donde nos convocamos a nosotros mismos, donde convergen los vientos de las dehesas de Tentudía y los valles recoletos de la Vera, el sabor arcaico y áspero de las Hurdes o los vahos productivos del Guadiana. En este siglo XXI debemos lograr ese alzamiento telúrico definitivo que nos encumbre a todos a la vez. Y para ello se demuestra que la unidad es el principal activo, lejos de la debilidad inherente a esa fragmentación partidista que elimina todos los ecos. Vuelvo a releer y me transporto de nuevo siglo y medio atrás. Mecachis.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Más allá del bien y del mal



 “Haced cada día  todo lo que esté a vuestro alcance para que el bien derrote al mal en las urnas el 21 de diciembre. En pie, con determinación y hasta la victoria”. Este es el tuit híbrido que contiene una simbiosis imposible entre el pensamiento de San Agustín y el del Che Guevara que Oriol Junqueras (que tiene cierto aspecto clerical y comedido tono de homilía) escribió camino de la cárcel de Estremera antes de que los funcionarios de prisiones canjearan su teléfono móvil por una bolsita con útiles de aseo personal.
     En esta escueta meditación está resumida, sin embargo, la situación práctica en que el independentismo ha convertido a la realidad catalana. Una dualidad simplista y empobrecida entre buenos y malos, entre demócratas y dictadores, entre víctimas y verdugos, entre oprimidos y tiranos. Esto se ve reflejado hasta en la calle, que una vez es tomada por los buenos y otra por los malos. Hemos llegado a un punto de inflexión ya casi exento de las famosas “equidistancias”. Están desapareciendo velozmente los discursos ambiguos que jugaban con dos barajas ante la amenaza dialéctica del “estás conmigo o contra mí”: ahí tenemos a los “comunes” y facciones podemitas ya sin la careta ventajista de la vaguedad y el rodeo, y que han optado por nadar en lugar de guardar la ropa ante la imposibilidad de hacer ambas cosas. Resulta que la política se reducía a esta universal dicotomía taoísta,  decadente aplicada a la sociedad: el yin y el yang. 
   Y han terminado eclosionando ya los temidos frentes antagónicos que  fagocitan vorazmente a los matices y las visiones pluralistas que podían aportar riqueza al diálogo y a la acción política democrática, al menos por la parte del “bien”: indepes, anticapis, podemitas y comunes prestos a ser un solo bloque (pre o post) electoral en un batiburrillo contra natura donde se entremezclan izquierdas y derechas, republicanos, activistas antisistema con burgueses capitalistas. Por lo visto la política en aquella esquina de España solo tiene ya el objetivo sublime e irrenunciable de la escisión ante el cual importan muy poco el resto de decisiones encaminadas a afianzar la convivencia, aquellas que se refieren a la lucha contra la desigualdad, las medidas para mejorar la calidad del empleo, el futuro de la sanidad y las pensiones, o los cimientos del bienestar, aspectos estos sobre los que jamás se pondrían de acuerdo estas incompatibles “fuerzas del bien”. Ha resucitado la vieja filosofía platoniana de que el Bien es la idea suprema, mientras que el Mal es solo la ignorancia, contra la que hay que luchar. Incluso la visión de Aristóteles es perfectamente válida, pues consideraba una acción buena aquella que conduce al logro del bien del hombre o a su fin, por lo tanto, toda acción que se oponga a ello será mala.
     Con este panorama las fuerzas constitucionalistas del mal están expectantes, frotándose los ojos ante esta irrupción deplorable de maniqueísmo político y filosofía dualista que elimina todo punto de vista capaz de generar entendimiento, donde son tan aprovechables los postulados de Santo Tomás como los de Krishnamurti o Nietzsche. Así se escribe hoy la política en Cataluña. Así habló Zaratustra, digo Oriol Junqueras.