miércoles, 4 de octubre de 2017

Los puentes rotos



     Es de esas metáforas que evocan imágenes almacenadas en la memoria. A mí me sugiere, por ejemplo, el puente semiderruido de Ajùda, que comunicaba España con Portugal en la comarca de Olivenza, cuyos arcos fueron destruidos por los españoles en 1709. También el puente de Mostar, levantado en el siglo XVI y volado durante la guerra de Bosnia en 1993. Y por último el viejo puente romano de Alconétar, salvado actualmente de las aguas del embalse de Alcántara, que perdió su función por ruina en la Edad Media, teniendo que cruzarse el Tajo por aquel lugar en barcas hasta el siglo pasado.
      El puente ente Cataluña y España hace tiempo que amenazaba también ruina. Se oye ahora mucho en tertulias esa pregunta lanzada al aire: “¿cómo hemos llegado hasta aquí?” y se buscan culpables del momento por acción o por omisión. Creo que es de esos puentes que se caen piedra a piedra sin que nadie se preocupe de afianzarlos, confiando en que su fortaleza resistirá cualquier embate. El separatismo es como uno de esos cánceres traicioneros que no dan la cara hasta que el diagnóstico solo puede augurar un final próximo. Parece que nadie se daba cuenta de que durante la Olimpiada de Barcelona en 1992, cuando todavía no se vendían las esteladas en las tiendas de todo a cien, ya había por ahí jovenzuelos colocando pancartas donde se leía “Catalonia is not Spain”; uno de ellos era un Puigdemont con 29 años cuya cruzada irrenunciable se podía entrever al comenzar a ocupar cargos públicos. Y ya se sabía para qué vino al ser nombrado President.
     Otras piedras de este puente han ido cayendo en las escuelas catalanas en las últimas décadas: los estudiantes universitarios que hoy toman rectorados y plazas envueltos en esteladas son los niños que en quinto de primaria, gracias a la LOGSE que transfirió  las competencias de educación a las comunidades autónomas, aprendían en sus libros manipulados que Cataluña ya existía en tiempos de los romanos, que Cataluña era como las excolonias de América que consiguieron su independencia, que la Constitución no está por encima del Estatut, que siempre fue un territorio perseguido por el estado español y los reyes castellanos, y que en lugar de Reino de Aragón hay que decir “corona catalano-aragonesa”.
     Más piedras de este puente han ido cayendo de la mano de una inmersión lingüística prostituida hasta el punto de multar a los establecimientos comerciales que rotulen su actividad en castellano. Hemos asistido a una “gibraltarización” de Cataluña, como los llanitos que hablan andaluz pero son británicos. Era cuestión de tiempo. Un montón de piedras cayeron de golpe con el recurso ante el Tribunal Constitucional por parte del PP en contra de la reforma del Estatut, que habían refrendado el Parlament y el Congreso. La gran grieta en ese puente se ha ido agrandando crecientemente al dejar de hablarse compañeros de trabajo, amigos y hasta hermanos. Y finalmente el puente entero se tambalea ya con la actuación de las fuerzas de seguridad el pasado domingo. Era el pretexto soñado y plasmado en los libros de historia escolares: el territorio catalán ocupado por el estado español. El artículo 155 solo será un remiendo que acrecentará el odio hasta que el puente se venga definitivamente abajo.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Los grillos de Las Ramblas



     Desde que mantengo este espacio semanal de opinión –que ya ha cumplido tres lustros- he solido dedicar mi columna al comentario y la reflexión después de cada atentado terrorista destacado, pues con muertos sobre la escena siempre me ha parecido frívolo esquivar el asunto y escribir sobre cualquier otra cuestión. Y lamentablemente los argumentos opinables se agotan por la profusión de episodios de esta naturaleza que ya llevamos a las espaldas. Revisando mis archivos, titulé “Reflexión hoy más que nunca” el artículo tras la masacre del 11-M de 2004, que versó en tono de homenaje, sobre la terrorífica dimensión que adquiría la jornada de reflexión en víspera de la cita electoral de aquel año. La cultura de la destrucción y los letales elementos emergentes que hacen posible el terror en nuestra era fueron tratados tras la masacre de Niza en una columna titulada “Terrorismo y condición humana”. Más recientemente en “Acostumbrarnos al miedo” y tratando de ser original, abundé sobre las teorías psicológicas de la indefensión después de la matanza en el Manchester Arena.
     Dicen algunos periodistas que cubrieron informativamente el atentado terrorista de Barcelona el 17-A, que al ser clausurada al tránsito la zona de la matanza, esa tarde-noche no se escuchaba el bullicio del tráfico rodado, ni el murmullo de la muchedumbre en su eterno pasear, ni el griterío alegre de los niños, ni los reclamos musicales de las tiendas, ni el efluvio sonoro emanado de restaurantes y terrazas. En las Ramblas se volvió a escuchar, después de decenios quizás, el canto de los grillos rompiendo un asfixiante y pesado silencio preñado de los peores augurios. La sensación de irrealidad  angustiosa se apoderaba de quienes contemplaban aquella quietud trágica. Los grillos, ese “sueño de la tierra” que dijera David Thoreau, siempre un bucólico reclamo armonioso de la tranquilidad y el sosiego, se convirtieron esta vez en el eco macabro de la furgoneta mortífera aplastando cuerpos de hombres mujeres y niños sin distinción de credos, razas o nacionalidades.
   Esa es la pretensión del terrorismo yihadista (en una fase crítica y peligrosa tras sus fuertes derrotas bélicas en Oriente): cambiar los sonidos de una civilización a la que odian; hacer que el miedo altere la convivencia, introducir debates retrógrados sobre la libertad y la seguridad. Su ceguera les impide advertir que estas acciones cobardes son precisamente un acicate para reafirmarnos en el mantenimiento de lo que se ha conseguido en el mundo (en el nuestro, claro) en cuanto a libertad, respeto, tolerancia y coexistencia, atributos que ellos no conocerán nunca. Prueba de ello es que pocas horas después los grillos agoreros fueron de nuevo acallados y eclipsados por el hervidero cotidiano de las Ramblas, esa calle mayor de la expresión multicultural por la que todos hemos paseado alguna vez. En una reacción espectacular de los ciudadanos se ha afianzado la determinación de acabar con el horror irracional de ese reducto medieval que constituye el salafismo anacrónico y perverso, y se ha gritado alto y claro “no tenemos miedo”, que habrán escuchado hasta los terroristas muertos desde su ilusorio paraíso coránico.

miércoles, 12 de julio de 2017

Incendios forestales: también muertes diferidas



     La sensibilidad ante la lacra que suponen los incendios forestales que diezman nuestros territorios se ha incrementado notablemente en los últimos tiempos. Parece que por fin se va tomando conciencia de la irreparable pérdida que supone una superficie quemada, pérdida que va mucho más allá del espectáculo visual de grandes extensiones de árboles calcinados. Todavía este desastre estético es la única consecuencia que advierten algunos ciudadanos, justamente indignados pero de forma muy simplista.

   Conviene que todo el mundo sepa que  ese impacto medioambiental puede ser devastador al interrumpirse los ciclos naturales de los bosques, lo que lleva a la desaparición de especies nativas. Los incendios  aumentan  los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, contribuyendo al efecto invernadero y al cambio climático. Además, generan cenizas y destruyen nutrientes. Los ecosistemas quedan tremendamente afectados y las especies de la zona deben buscar otro nuevo hábitat para poder vivir, algo complicado ya que el manto vegetal desaparece casi por completo. En definitiva, se destruye la biodiversidad, aumenta la desertificación y la contaminación de las aguas y  de la atmósfera. La recuperación de los bosques dañados en ocasiones es casi imposible o puede tardar varias décadas, que se lo pregunten a los vecinos de Sierra de Gata y Hurdes, comarcas asoladas reiteradamente por fuegos casi siempre provocados.

   He dejado para el final otra grave consecuencia de los incendios: los fuegos multiplican la erosión del suelo al despojarlo de su capa vegetal, lo que ocasiona que sin esta sujeción natural, las lluvias torrenciales arrastran todo a su paso provocando avalanchas, inundaciones y corrimientos de tierra. Todo apunta a que esta puede haber sido la causa de la tragedia que ha acabado con una familia dombenitense en el Valle del Jerte, tres meses después del incendio que durante 15 días asoló la zona de Garganta de los Papuos. Los efectos sobre las personas no solo pueden ser inmediatos, como esas más de 60 víctimas en Pedrógão Grande del mes pasado, sino que acechan en el tiempo alargando su saga de destrucción y muerte una vez sofocado el fuego.

     Es verdad que el Código Penal tras su reforma en 2015 incrementó las sanciones aplicables en los delitos de incendios forestales, pero estas suelen quedarse en meras penas por daños. ¿Imaginan que se demostrara que el incendio del Jerte del mes de abril tiene un culpable? Pues sería sancionado con multa, quedando impunes estas cuatro muertes como producto de la fatalidad. La legislación sigue requiriendo un adecuamiento al impacto tremendo de los fuegos (provocados en un 80%) y no puede quedarse en modo alguno en esa Ley de Montes reformada que permite recalificar áreas quemadas que, curiosamente, podría conducir a un incremento de los incendios.

   Les confieso que el fallecimiento de José y Macarena junto a sus hijas Macarena y Lourdes, amantes de la Naturaleza, de nuestros paisajes y recursos ambientales me ha impactado profundamente como extremeño igualmente amante de un medio natural en donde se debe encontrar lo que uno entienda por autenticidad, belleza, sosiego y calma; también aventura. Pero nunca la muerte.

miércoles, 5 de julio de 2017

Posverdad



     Sé que el lenguaje es un ente vivo, sujeto a evoluciones y condicionamientos de la realidad, y que el diccionario está obligado a recoger aquellos términos que han tomado carta de naturaleza en la calle. Pero también reconozco que no soy  propenso al uso de neologismos y palabros cuando ya perviven en el idioma expresiones  concisas que uno puede emplear con propiedad sin recurrir a esnobismos; ni tampoco soy proclive al uso de vocablos ya existentes para definir cosas distintas,  por mucho que las modas idiomáticas así lo consagren: puede ser esto consecuencia de que aprendí lengua y literatura con Fray Antonio Corredor y esto me haya imbuido de un cierto inmovilismo.
     Recuerdo ahora cuando se puso de moda la palabra “sistémico”, que al parecer valía tanto para apellidar a un insecticida como la hipertensión arterial o al riesgo económico de una multinacional en crisis. Y no digamos la expresión “carácter lúdico”, que he visto emplear  hasta en la publicidad de un tanatorio para anunciar sus actividades y servicios.  La potencia que ha adquirido el mundo de la comunicación en las últimas décadas puede ser la causante de este fenómeno. El periodismo es mucho más vivo y dinámico que una novela a la hora de acuñar nuevos términos, a lo que cabe añadir el impulso adquirido por las redes sociales como caja de resonancia y amplificación. Y, cómo no, la política como campo de experimentación continuo de términos enrevesados muy acordes con la propia naturaleza sucia y confusa de esta actividad pública.
   El paradigma palpable de todo esto, donde quería llegar, es la machacona palabra “posverdad”, que no puede ya dejar de emplear quien quiere tener presencia en la pomada de la actualidad. Pero ya advirtió de sus peligros Juan Antonio Vera en un gran artículo sobre posverdad y periodismo.  La posverdad se ha definido  in extenso como un contexto cultural en el que la contrastación empírica y la búsqueda de la objetividad son menos relevantes que la creencia en sí misma y las emociones que genera a la hora de crear corrientes de opinión pública. Muchos rodeos me parecen a mí para obviar una palabra neta, diáfana y sin aristas: la mentira. Ejemplos recientes de posverdades fueron las campañas de Trump y del “Brexit” basadas en la mentira y la manipulación. O la posverdad separatista catalana apoyada en el “Espanya nos roba”. Posverdad fue llamar “desaceleración” a lo que era una crisis galopante. Posverdad fueron las armas de destrucción masiva inexistentes que propiciaron una invasión y un mundo más inseguro. La posverdad difumina la barrera que siempre debería ser nítida entre la verdad y la mentira para no llevarnos a engaño, que a la postre es lo que se trata de conseguir: engañar, falsear, tergiversar, adulterar, deformar, ocultar, manipular… fíjense si es rico el castellano.
     La verdad siempre estará ahí aunque sea independiente de nuestras opiniones, dijo Platón en su mito de la caverna. Y a ella deberían llevarnos los políticos y los informadores de verdad, en lugar de los adalides de esa disfrazada posverdad: populistas y creadores de opinión a sueldo. Despojemos a la mentira de su envoltorio cifrado y llamemos al pan, pan y al vino, vino. Ahora, con su permiso, me voy a leer a Quevedo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Adiós cigüeña, adiós



     Cuando Manolo Summers estrenó la película que lleva este título (1971), ya hacía un par de años que yo no vivía en la Ciudad Antigua cacereña, donde transcurrió toda mi niñez. Si tuviera que seleccionar alguna evocación sensorial que resumiera aquel periodo de la vida donde muchas vivencias quedan esculpidas en la memoria, sin duda las cigüeñas “haciendo el gazpacho” sobre sus nidos en lo alto de las torres, espadañas y campanarios del recinto intramuros sería una de esas escenas con música de fondo, de recuerdo imborrable que presidieron nuestras correrías callejeras. Incluso tengo el lejano pálpito de haber escudriñado alguna vez el cielo para divisar una cigüeña con el clásico hatillo en el pico portando un bebé, según había visto representar en viñetas infantiles durante esa gloriosa época de ingenuidad y candor, cuando los niños “venían de París”.
     El pasado lunes aparecía en las páginas de este diario un interesante reportaje de Sergio Lorenzo sobre la drástica desaparición de esta entrañable zancuda que llegó a simbolizar turísticamente a Cáceres como logo ante nuestros visitantes. Incluso ha existido un periodo prolongado en el que las cigüeñas dejaron sin efecto el conocido dicho popular de “por San Blas la cigüeña verás” ya que renunciaban parcialmente a su ancestral traslación migratoria y permanecían casi todo el año en nuestros paisajes rurales y urbanos. El profesor,  biólogo y brillante articulista Chema Corrales daba cuenta de este descenso contundente en las poblaciones de cigüeñas al comparar la situación actual con los censos efectuados hace poco más de una década, cuando se contabilizaban alrededor de 150 parejas reproductoras; hoy se pueden contar con los dedos de una mano. No hay más que mirar ahora los campanarios para advertir nidos vacíos o esas plataformas instaladas para la nidificación con el armazón virgen por falta de inquilinos. Se habla de cambio de hábitos alimentarios y del condicionamiento de los vertederos, pero existirán otras causas.
    No hace mucho, en este mismo espacio de opinión me hice también eco de la rápida desaparición de gorriones de nuestros entornos urbanos  al deteriorarse sus hábitats. No cabe duda de que, como sucede con el cambio climático, estas modificaciones a la baja en nuestras vecindades con otras especies son más rápidas de lo que vaticinaban los científicos. Somos indefectiblemente testigos impotentes de un mundo cambiante que, convencido de la fortaleza de las inercias, no mueve un dedo por conservar aquello que constituyó un legado. ¿Qué decir del patrimonio histórico? No hace falta recurrir a la barbarie talibán o islamista para lamentar la pérdida de vestigios milenarios. Aquí dejamos que se caiga sola la ermita de San Jorge o la iglesia de Zamarrillas: la bomba intelectual de la dejadez y la incuria a la larga surte los mismos efectos que la pólvora.
     Nuestra generación ha visto caer muros y levantarse otros. Quién sabe si las siguientes verán desaparecer ciudades bajo el mar y levantarse nuevas tierra adentro. La regresión y desaparición de las especies animales, como nuestras totémicas cigüeñas, para muchos es algo inevitable similar al ocaso de las tiendas de ultramarinos o las escupideras de la peluquería. Es la eterna cantinela del progreso que justifica la holganza y la indolencia humana. Y el lamento de  anodinos veranos sin gazpacho.