“Gracias
a muchas personas que nos ayudaron, Nadia fue intervenida en Houston, con lo
que hemos conseguido alargar su esperanza de vida entre 5 y 10 años.”. Este
párrafo puede leerse todavía en un blog sobre tricotiodistrofia creado por el
padre de esa niña, actualmente en prisión. Hoy sabemos que es mentira lo de
Houston y a qué finalidades fue a parar el dinero aportado por todas esas
personas.
Estamos ante un episodio sofisticado de la
truhanería que caracteriza a nuestra sociedad desde los tiempos del Buscón, y
que va a terminar por horadar la bondad que nos identifica como pueblo
solidario. Hace unos años estalló el escándalo de las ONG’s Anesvad e Intervida
con los famosos apadrinamientos fraudulentos; muchas personas –buena parte de
escasos recursos económicos-, movidos por la compasión ante fotografías de
niños del tercer mundo estuvieron años aportando mensualmente cantidades de
dinero que suponían un sacrificio, pero les tranquilizaba poner cara a su
solidaridad. Aquellos fondos jamás llegaron al supuesto destino humanitario,
sino a otros negocios nada vinculados con la caridad.
Puede haber
granujería organizada colectivamente
para forrarse a costa del prójimo: por ejemplo, las estafas de Fórum y Afinsa,
donde los estafados a la postre buscaban una rentabilidad que no existía en el
mercado bancario. Pero engañar usando la
solidaridad y las mejores intenciones humanas constituye una ignominia
incalificable. El resultado es que ya miramos con desconfianza a otras oenegés
no salpicadas por esos escándalos, cuya labor nadie cuestiona, cuando vemos que
hoy subcontratan empresas que a su vez incorporan a falsos voluntarios (porque
cobran a comisión y tienen objetivos comerciales) con chalecos y carpetas que
situados estratégicamente para que no escape nadie nos acosan por la calle para que nos hagamos
socios. La solidaridad, por tanto, sigue siendo un negocio de corte empresarial
con entramados organizativos y sueldos que pagar y cada vez nos asaltan más
dudas sobre qué parte de nuestra aportación llega finalmente a su destino.
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Foto Jorge Rey. HOY.es |
Y de las redes sociales mejor ni hablamos.
Hay cientos de páginas que usan imágenes de niños enfermos, con cáncer o que
necesitan un trasplante, para conseguir un “like” y así hacerse con nuestro
correo electrónico y nuestro perfil. Ser solidario se está convirtiendo en ser
un pardillo para desgracia de los realmente necesitados.
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